Reto 9 de ELDE/LiterUp (2017): Escribe un relato que integre las palabras ‘luz’ y ‘cuadro’ como elementos relevantes del argumento.

Colorcura

Entré en el dormitorio de mi tío abuelo Agustín y me quedé petrificado.

El resto de la casa estaba orquestado por un desorden propio de una persona que ha perdido su razón. Un sinsentido de vivienda propia de un loco, alguien que no tenía la realidad presente en su día a día. Pero me enseñó como se había comportado mi pariente los últimos años que su demencia había empeorado.

No nos sorprendió su fallecimiento, simplemente era algo que todos nos figuramos que llegaría en poco tiempo. La última persona que intentó ayudarle a vivir una vida normal, que le ofreció su casa y ayuda médica fue mi prima Elena y salió de allí corriendo con las lágrimas en los ojos. Al parecer le había gritado algo de la sinestesia pero nunca nos contó mucho de aquello. También le gritaba a los vecinos y nadie le tenía mucho aprecio, vinieron pocas personas a su funeral y muchos por compromiso.

Mi relación con él había sido casi inexistente, pero mi padre siempre fue su favorito, él le pintó muchos de los cuadros de su casa. Recuerdo que cuando mi padre murió de cáncer cerebral mucho más joven que él, se dedicó a decir locuras en el funeral que consiguieron sacarme de mis casillas. Mis hermanos me pararon antes de que arremetiera contra ese viejo loco que chillaba que mi padre tenía tanta imaginación en la cabeza que le había aplastado el cerebro. Y aquella fue la última vez que nos vimos, por ello me sorprendió que me nombrase en su testamento. Pero estaba loco y con suerte sacaría algo de aquella vieja casa cuando la limpiase.

Ahora, bajo la puerta de su dormitorio, después de luchar contra un caos sin nombre en el resto de habitaciones me encontraba ante otra que parecía radicalmente sacada de otro universo.

La habitación era blanca, entera, como si se tratase de un manicomio hasta las sombras de los muebles era blancas. La cama, el armario, la cómoda, las alfombras, hasta los cuadros tenía formas pintadas pero sólo trazos negros sobre fondo blanco. Pulsé el interruptor y no ocurrió nada, la lampara del techo estaba sin bombillas como pude comprobar. Me acerqué a la única ventana que había y subí la persiana hasta arriba. Un chorro de luz inundó con fuerza la habitación que parecía brillar. Reparé entonces en un cuadro que estaba en el suelo, apoyado en la pared junto a la ventana cubierto con un trapo. Miré a mi alrededor y comprobé que no quedaba ni un sólo hueco libre en el resto de muros donde los cuadros sin color se exhibían casi escalofriantes. Quité el trapo y vi que el cuadro era de colores. Casi maravillado de no haberme quedado ciego, cogí el cuadro y lo examiné de cerca. Todo eran puntitos y manchas de colores, sin orden ni concierto sobre una tela muy fina, casi transparente. Miré entonces el suelo a mis pies y vi como la luz que golpeaba el cuadro pasaba a través de él y teñía la esquina de la alfombra de colores. Miré dos segundos hacia la ventana y comprobé que tenía el mismo tamaño que el cuadro. Resoplando por la locura de todo aquello encajé el cuadro en el el marco de la ventana. Y la habitación explotó de colores.

Todos y cada uno de los tonos del cuadro se posaron sobre un objeto siguiendo de manera rigurosa sus límites y formas. Las sábanas se tiñeron de un púrpura pálido pero la almohada siguió blanca, las patas de la cama negras y en la alfombra se dibujó un diseño floral. Todos los cuadros de la pared se impregnaban de luz de colores haciendo brotar paisajes, bodegones, retratos. Y el aire de la habitación, todo el aire se cargaba de chorros de luz que golpeaban mi rostro, mi ropa y mi piel haciéndome sentir un camaleón multicolor. Se respiraban los colores, casi se sentía el cálido tacto del amarillo y el frío del azul. Las motas de polvo danzaban en el aire reflejando todos los colores de la luz a todas las esquinas. Aquella habitación era un caleidoscopio.

Abrumado por aquella visión retiré el cuadro de la ventana y lo sostuve un segundo en mis manos. Reconocía la locura de mi tío abuelo pero también la imaginación de mi padre en aquellas pinceladas. La luz blanca me arropó unos segundos mientras desteñía la habitación como si de lejía se tratase. Solté el cuadro en su lugar, lo cubrí con el paño, bajé la persiana y salí de la habitación sin poder pensar, con la sensación de tener el cerebro salpicado de mil colores.

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